martes, 4 de marzo de 2014

La historia de la Edad de Oro

 Fragmento extraído del libro "Los Guardianes: Nicolás San Norte y la batalla contra El Rey de las Pesadillas"

 Hubo una época llamada Edad de Oro. Se dice que nunca ha existido ni existirá algo tan magnífico. Viajar entre planetas y estrellas era habitual en aquel tiempo. Las galaxias estaban llenas de aeronaves de todos los tamaños y formas imaginables. Y el universo estaba regido por las constelaciones, que eran grupos de estrellas y planetas dirigidos por grandes familias benefactoras que gobernaban con imaginación, imparcialidad y gracia. De estas regias familias, la casa Lunanoff era la más querida: si durante la Edad de Oro hubo una verdadera realeza, eran el zar y la zarina de Lunanoff.

 Sin embargo, antiguamente, en los Mares del Espacio abundaban las bandas de forajidos peligrosos: los temores, los hombres de las pesadillas y los piratas de los sueños. Los Lunanoff había jurado librar la Edad de Oro de todo mal, y junto con las demás constelaciones, construyeron una prisión de plomo en la regiones más alejadas del espacio. Allí sepultaban a los criminales del cosmos en la eterna oscuridad hasta que se convertían en poco más que sombras. Y la Edad de Oro prosperó.

 Pero la oscuridad regresó en la cambiante forma de un villano llamado Sombra. Sombra había sido el mayor héroe de su época. Al frente de los ejércitos dorados, había capturado a todos los temores y los demás seres de su calaña. Y cuando todo el mal hubo sido arrancado de raíz, se ofreció voluntario para vigilar la única entrada de la prisión. Las constelaciones aceptaron, ya que con el valiente Sombra vigilando, ningún prisionero de pesadilla podría escapar jamás. 
 Pero el mal es una fuerza astuta. Puede encontrar la debilidad en cualquier hombre, incluso en el más intrépido. Durante años, Sombra escuchó los constantes susurros de los prisioneros suplicando al otro lado de la puerta.
 - Una bocanada de aire fresco. Por favor. - Murmuraban -. Un poco de brisa.
 Basta un instante de debilidad para dejar que el mal entre... o salga. Y un día Sombra abrió la puerta, tan solo para dejar que entrara un poco el aire.
 Fue suficiente.
 Las malvadas tinieblas salieron corriendo y envolvieron a Sombra. Se derramaron dentro de él, poseyéndolo por completo hasta que oscurecieron su alma para siempre. Desde entonces se convirtió en un loco: su fuerza y sus habilidades se multiplicaron por diez, y su corazón, que antaño era noble, se volvió frío y cruel. Su mente se había retorcido con los deseos de venganza de las sombras. Destruiría la Casa de Lunanoff. Pondría fin a la Edad de Oro que antes había amado y protegido. Y lo haría transformando todos los buenos sueños en pesadillas.
 Acompañado por los hombres de las pesadillas y los temores, Sombra surcó los cielos sobre nueves de miedo, saqueando planetas, extinguiendo estrellas, hundiendo cualquier aeronave que se cruzara en su camino, robando con salvajismo cualquier sueño y sustituyéndolo por amargura y desesperación. Los sueños que más ansiaba eran los de los niños, los de los corazones puros. Podía sentir a los niño a siete planetas de distancia, y con solo tocarlos con la mano, podía hacer que las pesadillas les atormentaran el resto de sus vidas. Y algunos les reservaba un destino peor. Sombra convirtió a algunos niños en temores. Se regodeaba con sus penosos gemidos al transformarlos en oscuros fantasmas.

 Sombra había saqueado todos los puestos fronterizos de la Edad de Oro, excepto la constelación Lunanoff. Había reservado lo mejor para el final. Porque los Lunanoff tenían un bebé. Un niño. No solo un niño, si no un príncipe. El principe Lunar ¡Y el principe nunca había tenido ni una sola pesadilla! 
 Para el más joven de los Lunanoff, Sombra tenía planeado un destino especial. El Rey de las pesadillas lo convertiría en uno de los suyos. El príncipe Lunar no sería un temor cualquiera. ¡No, sería el Príncipe de las Pesadillas!

 Y así comenzó la persecución. los Lunanoff sabían que Sombra iría a buscarlos. Construyeron una nave excepcional llamada Clíper Luna que no solo era la más rápida de las galaxias, si no que, pulsando un solo botón, se convertía en una luna.  Los Lunanoff viajaron a toda vela hacia una galaxia lejana con una tripulación de lunabots incondicionales. Su destino: un minúsculo e incógnito planeta verde y azul que solo ellos conocían. Se llamaba Tierra. En aquella época, la Tierra no tenía luna, por lo que era un destino perfecto. Si Sombra se acercaba, se ocultarían con su disfraz de luna.
 Pero a pesar de los esfuerzos de los Lunanoff, Sombra dio con ellos. Atacó justo cuando se aproximaban al pequeño planeta. Fue la última gran batalla de la Edad de Oro y fue diferente a todas las que habían presenciado las galaxias, puesto que el zar y la zarina Lunanoff habrían muerto antes de que dejar que Sombra se llevara a su hijo. La tripulación también estaba preparada para luchar hasta el final, y conocían el secreto para luchar contra las sombras. Usaba espadas, lanzas y bombas talladas a partir de meteoritos y estrellas fugaces que se llenaban de un brillo astral insoportable para las tinieblas.
 Aunque los Lunanoff defendieron con heroísmo el Clíper Luna, el casco exterior de la nave recibió tantos azotes y golpes, que sus cañones se dañaron y no pudieron disparar más. Entonces Sombra y sus innumerables fantasmas lograron aplastar el Clíper Luna. Y en el momento en el que capturaron al zar y la zarina Lunanoff, se produjo una gran explosión. Quién o qué paró los pies a Sombra es uno de los mayores misterios de la Edad de Oro.
 Nunca se volvió a ver a Sombra y a sus temores. Ni a los padres del joven príncipe. Y el Clíper Luna no volvió a desplegar sus velas. Girará para siempre al rededor de la Tierra con el aspecto de una roca inerte.

 ¿Y qué fue del principito? Durante la batalla, sus padres lo habían ocultado en una estancia situada en las profundidades de una de las muchas concavidades de la Luna.
 El príncipe sobrevivió junto con un pequeño contingente de lunabots y otras criaturas lunares. Pero el Príncipe Lunar ya no era un príncipe. Era el nuevo Zar Lunar, el único superviviente de la casa Lunanoff. La devoción de los lunabots por el joven zar era inagotable: hicieron todo lo que estaba en su mano para compensar la soledad que sentía el zar sin sus padres. Lo adoraban y le consentían.  Con la luna entera como pario de recreo, su vida era una serie inacabable de días alocados, precipitados y de absoluta libertad. Había túneles que explorar, cráteres por los que deslizarse y cimas desde las que saltar.
 No había colegio ni horario, ni hora de acostarse, ni normas de verdad. Pero el planeta se convirtió en su colegio en virtud de sus maravillas. Aprendió a usar los batallones de telescopios que sus padres había ocultado en las cuevas secretas del Clíper Luna. Empezó a observar la cercana Tierra y su gente. Y esa actividad se convirtió en uno de sus pasatiempos preferidos: observar las familias terrícolas, que se parecían mucho a la suya tiempo atrás. Saber que había gente cerca le dio consuelo y alivió su soledad.


 A medida que crecía, el joven zar empezó a considerar a los niños de la Tierra sus amigos, así que empezó a enviarles sueños usando máquinas desarrolladas durante la Edad de Oro y que seguía a bordo del Clíper Luna. Y la Tierra empezó a florecer de un modo sin precedentes.
 Pero el Zar Lunar permanecía siempre vigilante, temeroso de que algún día Sombra pudiera regresar de algún modo y destruyera la nueva Edad de Oro que esperaba traer a nuestra Tierra.